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Cuando el androide despertó, se encontraba en un laboratorio. De su cabeza salían varios cables conectados a un ordenador cuántico. No podía moverse y todo permanecía en silencio.
La única luz provenía de unas pantallas defectuosas que parpadeaban lentamente, proyectando reflejos verdosos sobre las paredes.
El tiempo pasaba y nada sucedía en la sala. El androide comenzó a sentir sueño y, justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, apareció un humano vestido con una túnica negra. Llevaba sobre la cabeza un antiguo disco duro de color dorado y, en la mano izquierda, una computadora portátil.
Sus pasos resonaban suavemente sobre el suelo cobrizo.