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La casa del notario Valdemir permanecía cerrada desde hacía casi veinte años cuando recibí la carta.

Aún recuerdo el color amarillento del sobre, la tinta parduzca y temblorosa con que mi nombre había sido escrito. No reconocí la caligrafía; sin embargo, apenas la tuve entre los dedos, me invadió una sensación tan antigua y desagradable que durante algunos minutos fui incapaz de abrirla. Había en aquel papel un olor tenue a humedad y cera consumida, el mismo olor que impregnaba los corredores de mi infancia.

La carta era breve.

“El señor Valdemir ha muerto.
Según disposición testamentaria, usted debe presentarse en la casa antes del tercer día de duelo.
Hay asuntos que sólo usted puede resolver.”

No estaba firmado.

Debo aclarar que Valdemir no era mi pariente, aunque durante años me obligaron a llamarle “tío”. Fue amigo íntimo de mi padre y protector mío tras la muerte de éste. Protector… ¡Qué palabra miserable! Mi niñez transcurrió bajo su techo sombrío, entre relojes detenidos, cortinas perpetuamente corridas y aquel silencio espeso que parecía adherirse a las paredes.

Yo abandoné aquella casa a los diecinueve años, una noche de invierno cuya memoria todavía me roba el sueño. Juré no regresar jamás.

Y, sin embargo, regresé.

La mansión se alzaba igual que entonces: estrecha, negra y húmeda bajo el cielo crepuscular. La verja de hierro estaba entreabierta, como si alguien aguardase mi llegada desde hacía largo tiempo.

Nadie acudió a recibirme.

Empujé la puerta principal y penetré en el vestíbulo. El aire interior era glacial. Una débil lámpara ardía al fondo del corredor, y bajo su resplandor vacilante advertí algo que detuvo mi respiración: todos los relojes de la casa funcionaban.

Aquello era imposible.

Valdemir odiaba el sonido de los relojes. Durante mi infancia los había detenido uno por uno, asegurando que el tiempo no debía “contarse”, porque hacerlo equivalía a invocarlo.

Sin embargo, aquella noche, decenas de péndulos latían al unísono.

Tick… tack…

Tick… tack…

El sonido ascendía por las escaleras, vibraba en el techo y parecía brotar incluso desde el interior de los muros.

Entonces oí pasos.

Una anciana de espaldas encorvadas apareció desde la penumbra. Tardé algunos segundos en reconocer a Mara, la vieja sirvienta.

—Ha vuelto demasiado tarde —murmuró.

Su voz sonaba reseca, casi extinguida.

Pregunté dónde estaba el cadáver.

Ella levantó lentamente los ojos hacia el segundo piso.

—No quiso ser enterrado.

Aquellas palabras despertaron en mí un terror que creía olvidado.

Porque yo conocía las obsesiones de Valdemir.

La muerte le aterraba menos que la descomposición. Decía que el alma permanecía adherida al cuerpo mucho después del último aliento; afirmaba haber escuchado pensamientos dentro de cadáveres recientes.

Y en cierta ocasión… Dios mío… en cierta ocasión me obligó a permanecer horas enteras junto al cuerpo de una mujer ahogada para “aprender a distinguir el instante exacto en que la conciencia abandona la carne”.

Subí.

Cada escalón crujía bajo mis pies con una queja semejante a un suspiro humano.

El dormitorio estaba abierto.

Allí dentro reinaba una oscuridad azulada, apenas rota por varias velas consumidas. El olor era insoportable: flores podridas, medicamentos y algo peor… algo dulzón y espeso que reconocí enseguida.

Muerte.

Valdemir yacía sobre la cama.

No puedo describir enteramente lo que sentí al verlo. Su rostro conservaba una expresión atroz de lucidez. Los ojos estaban cerrados, pero las facciones parecían tensas por una última reflexión inconclusa.

Sobre el pecho descansaba un pequeño cuaderno negro.

Lo tomé.

En la primera página había una sola frase:

“Si has regresado, todavía me escuchas.”

Sentí entonces un mareo violento. El cuarto comenzó a oscilar alrededor de mí. Durante un instante tuve la absurda impresión de que los relojes de la casa latían dentro de mi cráneo.

Continué leyendo.

Las páginas siguientes contenían observaciones delirantes acerca del sueño, la catalepsia y la persistencia de la conciencia después de la muerte. Pero lo verdaderamente horrible no era aquello, sino descubrir que muchas anotaciones hablaban de mí.

De mis hábitos.

De mis pesadillas.

De pensamientos que jamás había confesado.

Había incluso descripciones exactas de sueños recientes.

Comprenderán ustedes el espanto que me dominó. Yo no había visto a Valdemir en casi quince años.

¿Cómo podía conocer aquello?

Seguí leyendo con desesperación creciente hasta llegar a las últimas líneas.

“La transmisión está completa.
El miedo abre el paso.
Esta noche despertaremos en el mismo cuerpo.”

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil.

Recuerdo únicamente que el aire comenzó a enfriarse más y más. Las velas se inclinaron como agitadas por una respiración invisible.

Entonces ocurrió.

Los párpados del cadáver temblaron.

Retrocedí.

Los ojos se abrieron lentamente.

No había vida en ellos… pero sí conciencia.

Una conciencia antigua, inmensa y fija.

La boca de Valdemir se entreabrió apenas.

Y oí mi propia voz salir de aquellos labios muertos:

—Por fin entiendes.

Huí.

No recuerdo cómo descendí las escaleras ni cómo crucé el vestíbulo. Sólo sé que los relojes golpeaban ahora con furia insoportable, como cientos de corazones acelerados.

Al llegar a la puerta advertí algo que terminó de destruir mi razón.

El espejo del corredor.

En él no vi mi rostro.

Vi el de Valdemir.

Pálido.

Sonriendo.

Han pasado tres meses desde aquella noche. Escribo estas líneas encerrado en una habitación alquilada, evitando dormir cuanto puedo.

Porque cada vez que cierro los ojos sueño la misma escena: la habitación azulada, el cadáver incorporándose lentamente… y yo observándolo desde la cama.

Desde dentro de la cama.

A veces despierto con tierra bajo las uñas.

Otras veces encuentro en mi escritorio páginas enteras escritas con una letra que no es la mía.

Pero anoche comprendí al fin la verdad.

No fui yo quien salió de aquella casa.

Y ahora, mientras termino esta confesión, escucho en el pasillo el sonido de unos pasos lentos y familiares.

No tengo valor para mirar el espejo.

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